Doble Play: lo que realmente importa

El término “doble play” proviene del inglés double play, que literalmente significa “doble jugada”. En el béisbol se refiere a una misma acción defensiva en la que el equipo que está fildeando consigue dos ‘outs’ consecutivos sin que la pelota deje de estar en juego.

Bueno, pues algo muy similar es lo que sufrió México en una misma semana. El primero de julio tuvimos el primer out cuando el gobierno de Estados Unidos prácticamente nos “echó” del TMEC, un golpe que podría poner en riesgo hasta el 75% de nuestro PIB.

Y apenas el pasado domingo 5 de julio nos volvieron a echar, pero esta vez fue Inglaterra en los octavos de final de la Copa Mundial de la FIFA. ¡Ah, qué gran distractor resultó el mega evento deportivo!

Pero ya se acabó el mundial, por cierto, con la participación un ‘poco’ contradictoria de la Presidenta Sheinbaum, al decidir no acudir a la inauguración en el Azteca y refugiarse en Azcapotzalco, pero decirle sí a New Jersey, pues al final salió en la foto junto a Trump, Carney, Messi y hasta el Rey de España, en la ceremonia de clausura el pasado domingo.

Pero, mientras el país se embriagaba de euforia futbolera, quedó a la vista las capacidades de la Jefa de Gobierno de la CDMX se veían trágicamente rebasadas entre muertos, aglomeraciones y lesionados en la capital, (sumado a las muertes por asfixia en Paseo de la Reforma y la consumación de un terrible caso de linchamiento en Los Cabos, Baja California Sur).

Todo el mundo se olvidó de los ajolotes y, de paso, de la catástrofe que se le viene a la economía mexicana es que se vendrá si en la secretaría de economía no se sacuden el marasmo para revertir la situación. Y es que mientras una gran parte de la sociedad, medios, redes sociales, académicos y hasta psicólogos se preguntaban sincronizadamente… “¿Y si sí?”, resulta que fue un rotundo” y si, NO” el que se llevó el comercio exterior.

Ahora que pasó la “ilusión” mundialista, urge recordar que el límite siempre es la realidad. Y la realidad versa sobre la muerte del TMEC. Por ocho años esperamos que este primero de julio el tratado se renovara por otros 16; en cambio, se degradó a revisiones anuales. Ese fue el pobrísimo resultado del líder negociador y su equipo; me refiero, por supuesto, al Secretario de Economía, Marcelo Ebrard.

¡No nos engañemos! No es una buena noticia. Las revisiones anuales significan que seguimos vinculados a EE. UU., sí, pero bajo un bombardeo de condicionamientos perpetuos. El tratado sigue “vigente”, pero en una agonía de negociación constante que fulminará las ya de por sí bajas tasas de inversión fija bruta que arrastramos desde que López Obrador desmanteló el 35% de avance del NAIM en Texcoco.

Aeropuerto que, por cierto, el exmandatario habría inaugurado, permitiéndonos recibir en este mundial hasta 100 millones de pasajeros y no los tristes 40 millones del Benito Juárez, al que sólo le alcanzó para una maquillada con lambrín y mingitorios nuevos (Del AIFA ni hablar ya sabemos en qué terminó, una terminal de 14 posiciones vacía administrada por militares, eso sí con subsidio de gasto corriente con cargo al PEF año con año).

Lo realmente importante.

Las inversiones que cambian el destino de un país no se planean a doce meses; involucran miles de millones de dólares y se proyectan a 10, 20 o 30 años. Cuando las reglas del juego se revisan cada 11 meses, el mayor desincentivo es la incertidumbre. Imaginemos a una farmacéutica dispuesta a invertir 10,000 millones de dólares en terapias oncológicas sabiendo que, de cada 100 moléculas, sólo una llega al anaquel. Difícilmente buscaría números negros, aun con una década de exclusividad de patente, si cada año le pueden cambiar los aranceles.

Apenas el 6 de julio conocimos que Toyota cerrará su planta en Tijuana en dónde produce camiones y su emblemática Pick UP Tacoma® a la ciudad de San Antonio, Texas y donde perderemos 3,600 millones de dólares prácticamente de la noche a la mañana y apenas unos días después de la noticia de no E.E. U.U. no se renovará el TMEC.

Si bien es cierto que Estados Unidos utiliza el comercio como palanca para presionar intereses extracomerciales —militares, migratorios, de seguridad o hasta cuotas de agua en el Río Bravo—, también es verdad que México hizo muy poco para consolidarse como un aliado estratégico. La gran pregunta es cómo convertir esta situación, a punto de poncharnos, en una oportunidad.

Pero ¿qué debemos preguntarnos los mexicanos para entender la decisión de Washington, más allá de la dependencia de nuestro PIB? (Por cierto, el PIB de todo México apenas equivale al del estado de Florida; la economía estadounidense es 30 veces más grande).

En principio, valdría la pena cuestionarnos: ¿por qué estarían los vecinos interesados en ratificar un tratado con un país que decidió mantener viva con petróleo a una tiranía infame como la cubana?

Es decir, un gobierno que se asume de forma explícita como amigo de los enemigos de sus socios principales.

Otra pregunta que también aplica a los empresarios: ¿por qué asociarse con un país donde los jueces son nombrados por el régimen y donde cualquier litigio contra el Estado lo tienes perdido de antemano?

¿Qué peso tienen las evidencias que dice tener el Departamento de Justicia de E.E.U.U. respecto de gobernantes y funcionarios mexicanos ligados al crimen organizado (ya sabemos de varios gobernadores que perdieron su visa por ejemplo).

No sería momento de abrazar y proteger los empleos en Tijuana, Hermosillo, Guanajuato, CD Juárez, Toluca, CDMX y muchas otras ciudades Mexicanas altamente competitivas en materia de comercio exterior, antes de andar defendiendo o subsidiando regímenes autoritarios sólo por “afinidad ideológica”? A caso las familias que se pueden quedar sin un ingreso cuando las inversiones se vayan, van a vivir de “fraternidad” con Cuba, Venezuela, Nicaragua y otros digamos de posturas similares.

​Sin dejar de considerar la imposibilidad de transportar mercancías por carreteras secuestradas por asaltantes de tráileres, un cobro de derecho de piso que no ha desaparecido en lo más mínimo, el estatismo de una Pemex en quiebra y la entrega de empresas clave a militares bajo un diseño sospechosamente parecido al modelo Cubano, Venezolano o Turco.

Siguiendo la analogía beisbolera: al voltear a ver al dugout, parece no haber nadie capaz de relevar a un desgastado y fracasado equipo negociador. ¿Es este el principio del fin para la economía mexicana? Quizá ese “principio del fin” comenzó el primero de diciembre de 2018. Desde entonces, el crecimiento promedio es un modesto 0.8%, tres veces menos que el del “mediocre periodo neoliberal” del que tanto se quejaban en ese entonces muchos de los que hoy son gobernantes.

Las matemáticas no mienten: el 2.5% de crecimiento promedio que se tuvo de 2012 a 2018 equivale al triple que lo logrado en estos dos sexenios “humanistas” de economía “moral”.

Ocho años de rendirle tributo al nuevo hiperpresidencialismo todas las mañanas en palacio nacional, o en mítines en el Zócalo mientras, por primera vez, EE. UU. acusa a un gobernador en funciones —como el caso de Sinaloa— o un senador que tiene que ir cada mes por su cheque al Congreso porque tiene todas las cuentas congeladas.

Esperemos que las esperanzas del gobierno mexicano no estén puestas en las elecciones intermedias de noviembre en Estados Unidos. No vaya a ser que los resultados electorales no resulten lo que espera el gobierno mexicano y mientras se nos “apaga la velita” allá nos canten el tercer out.

Posdata:

Ha llegado el momento en el que, como sociedad Mexicana debemos asimilar como nuestra obligación elevar la temperatura respecto del nivel de exigencias y rendición de cuentas a nuestro gobierno, vaya aunque fuera por conveniencia mutua, los ciudadanos para evitar que sea demasiado tardo cuando hayamos perdido nuestro empleo y el gobierno cuando tenga un desempleo tan grande por sus pésimas gestiones que no tenga a quien recaudarle para convertir esos impuestos en transferencias de “bienestar”, máxime el montón de precandidatos que faltando más de un año para los comicios de 2027 andan ya echando grilla descuidando el cargo para el que fueron electos, pues que se enteren que es lo que preocupa a los padres y madres de familia, lo más básico, cuidar el ingreso.

 

Sobre el Autor:
Eder Gutiérrez
eder.gutierrezaz@udlap.mx
Lic. En Comercio exterior. (UABCS)
Maestro en Economía aplicada Universitat Pompeu Fabra (Barcelona, España)
Maestro en Marketing (Universidad de las Américas Puebla)
Grado de Especialidad en Retail (Universidad de Las Américas Puebla)
Customer Engagement Postgraduate (Columbia Business School)
16 años de trayectoria en la industria de la Salud.
Profesor Universitario.

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